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Caperucita roja, mi cuento!

  • Foto del escritor: SEBASTIAN DIAZ
    SEBASTIAN DIAZ
  • 4 ago 2022
  • 3 Min. de lectura

Había una vez una niña llamada Caperucita Roja, que vivía en una casa muy cerca del bosque. Caperucita era una niña muy problemática: contestona, engreída, malencarada, y que no le importaban las consecuencias de sus actos. Su pobre mamá no sabía que hacer con ella, así que un día decidió que la niña visitara a su abuela en su casa, del otro lado del bosque, porque estaba muy enferma.


La mamá llamó a Caperucita a la cocina, y le dio una manzana y una canasta de pan.


-Hijita, tu abuela está enferma. Por favor, visítala, y llévale esta comida. De seguro le dará mucho gusto verte, y se sentirá mejor.-


-Sí, sí, ya,- contestó Caperucita como siempre, antes de salir por la puerta.


-¡Y nada de hablar con extraños!- le advirtió la mamá.


A mitad del camino. Caperucita se encontró con un lobo feroz que se veía muy hambriento.


-Hola, niñita. ¿A dónde te diriges, con esa manzana y esa canasta de pan?- preguntó inocentemente el lobo.


Caperucita, además de tremebunda, era muy ingeniosa. Sabiendo que el lobo intentaba tenderle una trampa, decidió seguirle el juego, desobedeciendo a su madre.


-A la casa de mi abuela,- respondió, -del otro lado del bosque. Está enferma y le estoy llevando esta comida.-


Tras decir esto, Caperucita siguió inocentemente su camino sabiendo que el lobo la seguiría. En cuanto llegaron a la casa de la abuela, Caperucita tocó al timbre y volteó a ver al lobo.


-Tú espera aquí,- le ordenó antes de entrar a la casa.





Mientras Caperucita hablaba con su abuela, el lobo se quedó parado afuera de la puerta, pensando en el festín que se iba a echar. Pero lo que el lobo no sabía era que esa zona tenía una abundancia de cazadores. Y para su muy mala suerte, un par de ellos lo vieron y de inmediato se le acercaron.


-¡Oye, tú!- gritó el primer cazador. El lobo volteó, y en cuanto se dio cuenta de con quien estaba

hablando, quedó congelado del miedo. Pero luego su expresión cambió a una de enojo.


-Esa mocosa me tendió una trampa,- rechinó entre dientes.


-¿Qué hace una criatura como tú intentando entrar a las casas para devorar personas?- inquirió el segundo cazador.


En el interior de la casa, Caperucita y su abuela se encontraban hablando.


-Cómo sea, no vine sola, abuelita,- dijo Caperucita con una gran sonrisa en el rostro. -Adivina quién más vino conmigo.-


-¿Tú mamá?-


-No, mi mamá se quedó en la casa.-


-¿Santa Claus?-


-¡Santa Claus no existe, abuelita! ¡No, el gran lobo feroz!


La anciana se quedó mirando a su nieta con cara de '¿estás loca?


-Pero le tendí una trampa. Afuera hay un par de cazadores que seguro le darán su merecido.-


Molesta, la abuela reunió todas sus fuerzas para pararse de la cama. Empezó a caminar, sorprendiendo y preocupando a Caperucita, y tomó el teléfono.


Mientras tanto afuera, el lobo intentaba dialogar con los cazadores.


-Escuchen, señores, todo esto es un error,- intentaba justificarse. -Hay una niña que me encontré en el bosque y me tendió una trampa. Me dijo que se dirigía justo aquí, a esta casa, sabiendo que la seguiría...-


-Siempre nos vienen con esas.- Los cazadores sacaron sus armas y apretaron los gatillos, pero en eso salió la abuela y ahuyentó a los cazadores arrojándoles una piedra. La mamá de Caperucita llegó segundos después. El lobo abrió sus fauces, preparado para devorar a las tres mujeres, y entonces... la abuela le dio la manzana y la canasta de pan.


-Si nos perdonas la vida, nunca te volveremos a molestar.-


No pudiendo comprender la amabilidad de su presa, el lobo sólo aceptó su comida.


-Disculpa a mi hija,- intervino entonces la mamá de Caperucita, -Cuando lleguemos a casa, va a estar en serios problemas.-


La mamá se fue jalando a Caperucita de la oreja. La abuela volvió a entrar a la casa y volvió a recostarse. El lobo, confundido, sólo se sentó en una roca a merendar.


Al final, el lobo se quedó con el pan y la manzana; la abuela se quedó sin esa misma comida, pero terminó recuperándose de todas formas; los cazadores, asustados por la abuela, jamás volvieron a ese bosque; y Caperucita terminó castigada por desobedecer la orden de no hablar con extraños.


Tomó algo de tiempo, pero Caperucita logró cambiar a su actitud y empezó a hacerle caso a consecuencias. ¿En cuánto al lobo? No se preocupen por él. Siguió siendo un depredador pero tras esta experiencia decidió dejar en paz a los humanos, y pudo rondar libremente en el bosque sin peligro de cazadores.


Fin

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